Kelly Antonio León Menaszas, por Dalmiro Lora.
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Semblanza de Kelly León Menaszas en tres movimientos.
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Kelly León Menaszas en los pliegues del tiempo.

Por Herbert Protzkar Andrade.*

Una mañana cualquiera de este mes de marzo aprendí a huir del compromiso  que me hiciera de echarle agua a las matas, como si con ello estuviera buscando un puente que me condujera a escribir unas líneas sobre el entrañable poeta y amigo Kelly León Menaszas.

Me mortificó en un instante no tener las palabras o no saber cómo recurrir a ellas para comenzar a abordar una poética incipiente y truncada que tuvo como reto el oficio de nombrar, con el sigilo de un felino y la parquedad que se hereda del silencio que pende del alma, lo que es innombrable; de alcanzar poéticamente lo inalcanzable; de sufrir lo que es insufrible, y de padecer lo que no se cuece en la memoria sino en los estrados perennes y a veces malvados del corazón.

Así me atrevo, si se quiere, a describir la poética de Kelly como un compendio de palabras cazadas en el laberinto del lenguaje, para armar la trama del querer decir, del querer significar, del querer descifrar los más mínimos elementos del mundo y del universo con maestría de artesano o de orfebre.

La poesía, aunque también escribiera cuentos, era fundamentalmente el río de sus abluciones. En él recreaba con urgencia sus calamidades interiores, su grito artístico y auténtico; ese que no ha dejado ni dejará de sonar, porque, no obstante no haber materializado un libro específico debido a la lamentable e inolvidable tragedia de su muerte física, Memorias sobre la hierba y Collage desde la ventana, son los títulos que acarició, siempre pronunció, y esperaba tornar en abrazos, besos, glorias. Ellos deberán ser tomados como referencia en cada escrito que se haga sobre él. En ocasiones lo que no se hizo, vale tanto como lo que se pudo hacer. Esta es una de ellas.

En los poemas sueltos que podemos encontrar publicados en revistas y periódicos, Kelly, en calidad de hacedor permanente de instantes imperecederos nos arroja al goce estético de imágenes poéticas que procuran realidades imposibles en aras de enaltecer lo que es bello gracias a la magia de la palabra que a veces le resultaba esquiva y lo convertía a él, tal vez, en el ser más sufriente de ella.

Leamos, por ejemplo:

                                                 Pertenezco a los que sin saber son olvido

                                                 en el seco motín de las palabras.

 

Coincido con Gustavo Tatis cuando alguna vez dijo que Kelly era ‘uno de los poetas jóvenes que asumían su oficio y vocación sin bulla’. En efecto, para él no era necesario el escándalo publicitario sino el espacio que le brindaba la puerta trasera de su casa, un pedazo de tierra en el patio, un trocito de papel, o el lugar menos manchado de una pared donde dejar un poema escrito para que fuera incubado por el tiempo con sus ganas de crecer…

A decir de Huidobro, el poeta es un pequeño dios. Sí, en este caso un dios entregado a su silencio y su soledad; tales fueron los elementos donados a él por la naturaleza para que robusteciera su carcajada poética llena de asombrosos brotes de alucinación.

Decir que Kelly es un gran poeta y que fue un gran amigo no son votos gratuitos y sentimentales de la imaginación; tampoco es el efecto de un elogio baladí que bifurcaría el sentido de lo que no es cierto. Para testimoniar y ratificar su grandeza poética me permito la libertad de brindarles algunos versos de uno de los poemas que hubiera titulado uno de los dos libros mencionados arriba: Memorias sobre la hierba:

                                                  Vallejo

                                                  y cartas de mamá que nunca escribió

                                                  golpeaban detrás del tiempo

  

Y:

                                                 Oculto en un trinar de pájaros

                                                 va el hombre

 

Lo que en realidad tiene sentido es leer su breve obra poética, no estas humildes y precarias líneas que muy seguramente poco o nada han dicho sobre lo que el vate sí quiso decir. ¡Y dijo! Leamos su poesía para que perdure y para que él, parafraseando a Vallejo: aunque de vida muerto esté, no muera de tiempo jamás. (Cartagena, marzo de 2017).

*Cartagena. Poeta, Profesional en Filosofía de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena, profesor de inglés en el departamento de Lenguas Extranjeras de la misma universidad. Autor de los poemarios Desde todos los vientos (1990), Elementalidades (1991), Poemas de origen (1993), Elogio de la luz, y Saudades del olvido; los dos últimos inéditos.

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