Semblanza de Kelly León Menaszas en tres movimientos.
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La Muerte de Peggi
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Este juego que se apaga

A Tice, el tiburón terrestre

 

      Un médico no solo es el hombre que se dedica a curar enfermos, aunque lleve por dentro el juramento de Hipócrates. Menos cuando se tiene un sueldo de ochenta mil pesos quincenales. Dos turnos en el hospital, los chismes de las enfermeras; alguna que otra preguntando cosas tontas: a qué hora hay que tomarle la presión a la señora tal, doctor? Es que no saben que cada paciente está fichado igual que un preso, que éllos también están condenados,  tienen su historia clínica o por qué no su expediente: la mitad siempre salen de aquí para el cementerio. La enfermera coqueta: doctor, me he sentido mal del estómago en estos días, que me aconseja usted que es para mí el mejor del hospital. Milanta, élla sabe bien que tiene que tomarla; pero es que no tiene nada y siempre molesta en los momentos cuando hago una pausa para fumar como loco. Las mujeres no van a aprender nunca a decir qué es lo que quieren; por qué tanto prejuicio, están enamoradas y no se atreven a decirle a uno: me quiero acostar con tigo. Ya yo estoy cansado de tomar la iniciativa. Lorena corría por el hospital, danzaba por los pasillos y su cabello negro manchaba las paredes blancas. “SILENCIO”. Sin embargo Lorena estaba ahí cantando y danzando con su espumoso jersey, envuelta por el rocío en una frágil rosa de humo. Él estaba haciendo turno por eso élla se encontraba sólo visible a sus ojos. El pétalo nocturno, la muchacha que tal vez nunca vino. Llegó sin presentarse en algún grill del Laguito, acalorada, dejando entrever sus dos pezones radiantes como el mediodía. Una secretaria-ejecutiva que aceptaba el amor en mil formas y otras. Una mujer ideal, pues nunca fue tan imbécil para acatar esa regla estúpida que poseen las mujeres en este mar sofisticado donde permanecerán ancladas, la vanidad de muchas personas: el deseo de sentirse alguien y todo resulte ser un sueño. Yo me voy –dijo Nicolás- tomándose la cerveza de un trago. No tenía apuro, pero él no pensaba perder el tiempo con dos tipos aburridos y menos escuchando esa música que ya no valía nada y sólo produce somnolencia. Tómate la última, viejo, sabemos que no te agrada el Vallenato, la última nada más –le dijo el colega bajo-. Siempre había que aceptar por educación, claro, y el resto de la noche se escurriría adentro de nada. Aceptar por cortesía, ¡vaya carajada! Hay que callar cuando la tía Francia, dice: solo trabaja para el vicio de la cocaína, el ron y las mujeres; porque es la hermana de mamá hay que respetarla. Respetar, sabrán ellos qué es eso?  Además yo pago mis placeres. No son vicios como dice esa mierda cara-de-camaleón trepando en el traspatio  de la casa. Tómate la última. Hombre no, hay que saber decir no cuando uno no está en su línea. La noche es la criatura más virgen: durante el día recupera su himen violado por tantos como yo. Que critiquen, lo dice Lavoe. Me interesa un comino esta caravana de cuerdos. Cuerdos? Habría que pensarlo un millón de veces. Tengo que mamarme trabajando en el hospital hasta las cuatro de la madrugada, toda la semana; y todavía estos tipos, hoy que es mi día libre, quieren amarrarme a una simple silla de tienda, oyendo esta hijueputa música que ya a todos nos tiene hartos. Taaaaaxi. Sí compadre llévame al Portobelo, ahí mismo en el Laguito. Eso es lo que hago siempre, después pescar una jeva chévere y convidarla al grill, con orquesta y todo normal; un sitio por lo alto: sólo la gente de caché. Me gusta la vida buena, aunque sale cara: el turismo ha puesto a esta ciudad un collar de heroísmo por ser la más castosa. Cómo le va, doctor –le dijo saludándolo con un apretón en el hombro, el portero-. Entró con Lorena, la dueña ahora de sus citas, ella es ese caramelo que tenemos que chupar varias veces hasta que nos salen caries y aprendemos nuevas cosas en esta humilde caja de sorpresa que nos fatiga y apenas hemos alcanzado a observar un pan duro a través de la ventana. Dile que nos traigan dos bolsas. Dos gramos? Sí; hombre. No me importa la tía. A última hora lo que uno hace es tratar vivir menos que ellos, ya que estamos pagando las estupideces de nuestros padres, quizá lo mejor que a uno le pueda pasar es eso: vivir poco pero gozando la vida. Siembran su maíz y que se lo coman ellos. Oye Nico, esta gente necesita un colativo para sanear sus gustos, este lugar pulcro, estupendo y alcahueta, -dijo ella con los ojos blancos; con esa blancura angelical que le producía la droga en la mirada-. Bailemos este disco, agregó él, que tocan los muchachos: Papá Montero: canalla-rumbero. Bien apretaditos como a ti te gusta bailar el Son. Todos queremos darnos esta vida sabrosa, olvidarse o todo lo contrario mostrar otra máscara que llevamos en el bolsillo; sin que murmuren. Es algo hermoso como beber el manantial hirsuto y lechoso de una virgen, todas las noches antes de meternos a la cama pálida que nos espera en nuestro apartamento, pegándose en nuestro cuerpo igual al ocio. Es mejor estar siempre en acción que estar tendido en el ocio, formando parte de la bandada de idiotas que ya no saben qué hacer. Mis pies están bien calzados en este pavimento de ortigas. Tráeme otra botella y van seis. Cuidado se te pasa la cuenta a la coronilla, –dijo ella, mientras absorbía el polvo, haciendo un precioso swing: con la uña del dedo meñique-. Aquí firmo un vale, no te preocupes –respondió un poco eufórico-, pronunciando cada palabra con tono preciso, para hacerle saber a ella que su observación sobraba. Vengo –prosiguió- casi todos los sábados a matar algo de mi vida, si es que ya no estoy muerto. Su jersey, por la presión del baile mostrabase sudoroso: una rosa soltando un olor penetrante, igual a ese perfume insomne que tienen los cementerios. Ella siguió el parloteo, en medio del humo de rubios, atrapándolos en un rincón del grill. Prosiguieron el juego: él le ofreció sus labios que buscaron sin titubear sus pechos. Hay que vivir sin pararle bolas a los otros; disfrutar e rato que pasamos vivos como un burgués, aunque no lo seamos. Porque la gente murmura. Porque gente averiguar, lo dejó bien grabado, Mon Rivera. Murmuran y no preguntas si sufres; o si tienes una pena alojada en tu cuerpo que te adelgaza los huesos. Salieron del grill, tuvo que convencer a un chofer, mostrándole un billete de mil, para que lo llevara hasta el barrio Blas de Lezo, donde él compró un amplio apartamento, para huir ya que no lo necesitaba sino para eso; para ocultar un dolor que le pesaba en los hombros. Las casas pasaban como estampas olvidadas en una gaveta que no se abriría nunca, la misma que contiene el aire maleable que nos ahoga; porque esa gaveta tiene poros y suda a veces. Es que no podemos montarnos en el tren sin sentir la necesidad de bajarnos; todo porque el tren no para y nos acostumbramos a su rutina. Sábado vestido de ángel escondiendo un dolor en cada rostro que nos sonríe en la tumba. Nicolás, preparó un coctel con jugo de piña. Lo bebieron en silencio. El juego demoró siete horas. Despidió a Lorena, absorbiendo sus senos blancos detrás del jersey. Cerró los ojos. Los abrió al ver caer el crepúsculo pesado de los domingos. Pensando que su rumba estaba todavía viva y tenía que enterrarla algún sábado, en ese rosado jersey de Lorena; para complacer a la tía, que se vestiría de negro.

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