Kelly León Menaszas en los pliegues del tiempo.
agosto 31, 2017

Kelly Antonio León Menaszas, por Dalmiro Lora.

Archivo Personal Familia León Menaszas

Nunca hice una ilustración de sus poemas, como deseaba Kelly. Los pocos que conservo los recibí un día de octubre de 1982, mientras caminábamos por la Calle Larga con Efraín Medina. Kelly con su rostro de prócer decimonónico, era más bien callado, vestía con colores discretos (pardos-grises); no se hacía notar,  siempre andaba con libros en sus manos,  no se ufanaba. Tampoco pretendió ser poeta. Su risa tenía opinión.

De pulso nervioso, respetuoso y sincero, Kelly era  gustoso de la salsa de los setenta y de boleros; en el jardín de su acogedora casa había sembrado un árbol con guayabas exquisitas.

Después que Efraín Medina mordió en el dedo índice izquierdo a Luis Fernando Calvo, por una  discusión sobre literatura y cine, frente a la recién inaugurada sede de la Casa de la  Cultura de Cartagena,  en la Calle San Antonio del Barrio Getsemaní (con Los Negritos de la boca del puente y la presidencia de Enrique Jatib), apareció Kelly y se llevó a Efraín a caminar por un tramo  de muralla antes de que ese entorno se convirtiera en parqueadero del Centro  de Convenciones; mucho antes también de que la calle del Arsenal tuviera discotecas y sitios de rumba nocturna como de zona rosa. Por aquellos tiempos  en la Puerta del Sol, taberna-bar ubicada frente al Camellón de los Mártires, Aretha Franklin y Grace Jones, alternaban  con Pink Floyd y su Delicado sonido del trueno. Ciro Díaz, ya empezaba a hacer grabados y dibujos con tinta negra. Así mismo fue el ambiente en que  La Cúpula se organizaba con la guitarra de Carlos Jacquin y la presencia de Tony Arévalo y Arturo Posada, con los arreglos de Miro Pablo, para producir un casete con temas como: Música para Fasbinder desde el infierno, El Crimen  perfecto, “Donde habita el olvido”, ”El ruiseñor sobre la piedra”. Después aparecería Alonso Mercado con su teatro de crueldad y locura… ¡Qué tiempos! Mientras todo eso acontecía a su alrededor, Kelly miraba como quien encuentra motivaciones en las cosas que se le aparecían, que podían limpiar el pensamiento y tenerlo dispuesto para el poema, para usarlo como aire limpio; no asmático.

Aprendí a tener otro rostro,  otro rostro igual al lodo seco. Son palabras del poeta.

En su extenso poema de dos páginas  titulado Tantas cosas y la vida, habla de la vida como: un lunar desteñido alargado amorfo. Cuando nos encontramos con ella, se nos hace inútil, desgarrada, dentro de un fango que ya no es lodo, sino sangre perdida por alguien

Y continúa:

Cuando las ciudades aumentan sus ruidos acumulando largos ecos desesperados… Y cuántos hombres no son sólo estigmas pútridos de la vida… ínfimos telúricos seres que se desplazan por nuestras fúlgidas almas.

Kelly era un solitario deambulando  en pavimento con cercanía a una muerte precoz.

Para un homenaje que se le organizó  después de su muerte, pinté un retrato de 2.20 de alto  por 1.40 de largo, en un lienzo marca Grumbacher, al óleo (aguada y lápiz), con el parecido más cercano que su alma  me pudo mostrar. ¿Qué rumbo tomó ese trabajo? Me consolaría saber que en algún lugar, Kelly lo conserva.

*Pintor cartagenero. Profesor de Historia del Arte en el Programa de Lingüística y Literatura de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena.

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