La Muerte de Peggi
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Llegaron los caminantes

Los duendes iban llegando a la campiña, se bajaban de los trenes soltando tortuosas risotadas. Los parroquianos los veían, acomodaban sus cámaras fotográficas y las disparaban, entonces los fantasmas recibían sus fotos entre grandes carcajadas, a dos cuadras de los pastizales donde había limoneros y hongos alucinógenos. Todos hablaban de la gran ilusión, de la fuga y el suicidio. Los duendes calzaban unos escarpines dizque fabricados con los hilos de los taoístas. Los pilotos de los trenes se iban despidiendo, lentamente se marchaban hacia sus ciudadelas, custodiadas por jaguares. Adiós, adiós, decía el jefe de los maquinistas, pero los duendes no contestaban el saludo, la gente del pueblo tampoco, ni más faltaba. Hoguera, hoguera, decía uno de los recién llegados, el que se disfrazaba de apátrida. Los demás se ponían a aplaudir al gritón de los ojos verde-alga, pero dejaban constancia de que nunca irían al desierto en compañía de los suicidas, esos que ayer alborotaron el templo, donde una santa había de ir a las llamas, con el salvoconducto de los ciudadanos de esta comarca, irresponsables como los duendes.

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