Kelly León Menaszas en los pliegues del tiempo.
agosto 31, 2017
Este juego que se apaga
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Semblanza de Kelly León Menaszas en tres movimientos.

Cortesía Rocío y Alejandro García

Cortesía Rocío y Alejandro García

Por Raymundo Gomezcásseres.*

Primer movimiento: lúdica

Conocí a Kelly entre 1981 y 1982 aproximadamente, recién llegado yo a Cartagena. Él debía estar entre los 21 ó 22 años, mientras yo peinaba o cruzaba la barrera de los treinta. No más fue encontrarnos, intercambiar unas pocas palabras e iniciar una vertiginosa y lamentablemente fugaz amistad de cinco años, interrumpida trágicamente en septiembre de 1986 por la ocurrencia de su nunca suficientemente lamentada muerte. Apenas tenía 26 años. No es fácil recordar a quienes gratificaron nuestra existencia cuando ya han desaparecido, y sobre todo si, como es el caso, ha transcurrido tanto tiempo y muchas situaciones, experiencias y tantas cosas más se han desdibujado con el paso del tiempo. Intentaré recuperar algunas de ellas.

Por aquellas calendas vivía yo en una propiedad familiar ubicada en al Barrio San Diego. Era una hermosa ruina que aún conserva la nomenclatura que le colocaron desde principios del siglo pasado: 8-21. Lo de ‘ruina’ no es retórica; yo dormía con un ojo abierto por temor a que me cayera el techo encima. Pero era más acogedora y calurosa que cualquier palacete de El Laguito o Castillo Grande. Siempre me ha seducido el aislamiento pero recibía con agrado las esporádicas visitas de algunos amigos de entonces. Varios de ellos siguen siéndolo todavía: los poetas Pedro Blas Julio Romero y Rómulo Bustos; el pintor Dalmiro Lora, el actor y director teatral Eparkio Vega, entre otros. Kelly era de los más asiduos. Teníamos muchas afinidades. Nos reuníamos varias veces al mes: almorzábamos corrientazos en modestos restaurantes del centro histórico, o preparábamos algo a cuatro manos en la ruina. Pero sobre todo, deambulábamos por cualquier lado escampando a veces en cafeterías o en ‘la fresca’ de los árboles de cualquier parque, especialmente la Plaza de Bolívar. Le sacábamos punta a todo y a todos y hablábamos mucho de poesía y literatura en general; pero a eso me referiré después. Ya para entonces conocía su afición a asistir a lanzamientos de libros, exposiciones, y eventos culturales, sobre todo aquellos en los que brindaban buenos cocteles y repartían pasa-bocas. Me divierten -decía con su mirada de árabe herético- me tomo unos buenos tragos, me atiborro de pasabocas y me llevo unos cuantos libritos que trato de vender en las reventas de segunda. Cuando son tan malos que nadie los quiere comprar, los dejo por ahí o me los llevo para la casa y después de un tiempo los quemo junto con los que he ido acumulando… No tardó en contagiarme con esas locuras. En cierta ocasión me llamó por teléfono muy entusiasmado para avisarme que en la Escuela de Bellas Artes harían una exposición a la que valía la pena ir. A pesar de que yo era vecino de Bellas Artes no me había enterado, de modo que le dije que pasara por la ruina para llegar juntos. No más fue entrar al salón múltiple de la escuela adaptado como sala de exposiciones para la ocasión, y darme cuenta de por qué me había dicho que aquello valía la pena. Una kilométrica mesa cubierta con manteles de lino soportaba un bufete formado por bandejas con mini fritos caribeños de toda clase: carimañolitas, quibbecitos, empanaditas, pataconcillos; salsas y picantes gourmet, por no hablar de las sofisticadas tablas de queso. Muchachos pulcramente uniformados repartían cocteles y copas de vino a ‘tutiplén’ en bandejas de electro-plata. Nos sentíamos en un Waldorf Astoria. La expositora era una señora riquísima que había decidido lanzarse al mundo del arte por la puerta grande. Creo que es mejor decir, por las Puertas Esceas. Paredes y paneles estaban literalmente cubiertos por los mamarrachos de aquella dama; sus amigas los compraban como si se tratara de afiches de Toulouse-Lautrec. Kelly y yo nos dedicamos a beber como estibadores de Liverpool y a comer fritos caribeños como si los viéramos por primera vez. Había tantos que ni un ejército de soldados bulímicos hubiera podido agotarlos. Entonces me propuso una de sus brillantes ideas (y aquí la expresión no es irónica). Efectivamente, fuimos a la tienda de la esquina (todavía existe), y le pedimos al propietario de entonces algunas de esas bolsitas plásticas para empacar compras pequeñas. Retornamos a la exposición y sin ningún empacho comenzamos a guardar pasa-bocas en nuestras bolsas. En ese proceso él se alejó unos pasos de mí y en algún momento observé que una dama muy estólida y elegante lo miraba con acritud desaprobando su conducta. Volteó a mirarla y noté que dijo algo a la doña que se alejó muy erguida y muy maja, mientras él continuaba seleccionando fritos cuidadosamente. ¿Qué le dijiste? -pregunté-. Que si quería le daba una bolsita como la mía para que ella también tomara algunos. ¡Mierda! ¡Qué vaina tan buena…! -anoté yo- ¿Y te dijo algo? -agregué-. Me dijo: ¡an-ti-pá-ti-co…! Y se fue. Como puede verse se trataba de un ambiente muy distinguido y nos esforzamos al máximo para no desentonar. Después arrancamos para la ya desaparecida Terraza Marina, ubicada en el todavía existente Muelle de los Pegasos. Íbamos más borrachos que una cuba, a conversar y comernos nuestros fritos acompañados con esos cafés tan negros como tinta china que a veces preparaba el inolvidable Pajarito: el vendedor de tintos más popular de Cartagena hasta finales de los 80, cuando la construcción del Centro de Convenciones provocó la muerte de la Terraza Marina.

Segundo movimiento: poesía.

Que Kelly era un artista es una verdad de a puño, incontrovertible y lapidaria. Excelente poeta y cuentista. No porque yo lo diga; los lectores avezados (y los otros también) podrán verificar mi aserto leyendo sus escritos (los únicos que pude rescatar de una producción que sé era voluminosa). La mayoría de ellos se publica por primera vez en esta edición de El laberinto del minotauro. Lástima que el grueso de su obra desapareció después de su muerte. Lo poco que se conserva es evidencia más que suficiente pare testimoniar su condición artística. Pero ese carácter no puede limitarse al simple registro de una lectura impresionista. Es necesario sustentarlo. Intentaré hacerlo a continuación.

No tengo otros recursos que las experiencias derivadas de nuestra amistad y el conocimiento que llegué a tener de él. No veo dificultad en que quienes lean estas ligeras notas acuerden conmigo en que aquello que mejor define y conforma nuestra existencia, nuestro ser, es lo que con una expresión rebajada a lugar común se denomina lo habitual. Me refiero a aquello que habitamos, pero que también nos habita. Una buena expresión venida al caso (neologismo que tomo prestado no sé de quién) es la palabra habitud, que como una especie de acrónimo, indica la actitud que nos es habitual. Ejemplificando lo dicho podría decirse que lo habitual (la habitud) de un médico es su familiaridad con las enfermedades, pero también la curación de las mismas; para un abogado será los delitos e infracciones así como las leyes que los condenan o redimen; para un reciclador, la basura y su tratamiento encaminado a hacerla útil, o rentable; aunque igualmente, para los miserables, lo habitual es la miseria (no material, sino espiritual) que habitan y los habita… Podría seguir mencionando interminables etcéteras. Entonces, lo habitual (habitud) de un poeta es el lenguaje, las palabras. Las habita como pez en el agua, pero a la vez es habitado por ellas. Aquí se abre la diferencia fundamental con el médico y las demás profesiones, pues este no está habitado por las enfermedades (como tampoco el abogado por los delitos, a menos que sea un abogado delincuente); de ser así estaría tan enfermo como sus pacientes. En este punto aterrizo la situación en Kelly. Él era un artista, un poeta, y como tal, habitaba, vivía en el lenguaje, en las palabras, pero estos, simultáneamente, lo habitaban en una especia de bucle. Eran su habitud. Nunca he olvidado nuestras interminables conversaciones sobre la poesía, el arte, la literatura, y los poetas. Recordando eso me sorprendo ahora igual que antaño por sus amplios conocimientos (¡de hace treinta y siete años!), sin que hubiera realizado estudios académicos, sino a punta de lecturas hechas con furia y a destajo; conocimientos digo, de autores que eran ignorados incluso por personas medianamente cultas (si es que se puede ser medianamente culto). Kavafis, Elliot, Hölderlin, Rilke, Pessoa, Gaitán Durán, Aurelio Arturo, Giovanni Quessep, Mallarmè, Nicanor Parra, (detestábamos a Neruda), Octavio Paz, Borges, Blake, E. Dickinson, Ana Ajmátova, Baudelaire, Rimbaud… Y pare de contar. Sospeché (y sigo haciéndolo), que en el fondo de su corazón, o tal vez no tan en el fondo, se identificaba mucho con el horrendo niño prodigio de Una temporada en el infierno. Ni qué decir de sus novelistas y cuentistas predilectos. No voy a hacer otra lista. Estando junto a Kelly uno sentía la fuerza de un alma vigorosa. Lo más curioso es que estaba encapsulada en un cuerpo frágil. El que dejó de vivir en septiembre de 1986. De él dijo el profesor Santiago Felipe Colorado en una nota post-mortem escrita a raíz de su fallecimiento: nos miraba ‘con ojos encendidos y una fiebre infinita en su alma de poeta. Entonces comprendíamos que sufría intensamente…’ Es cierto: no era fácil soportar el fuego con que observaban, implacablemente escrutadores, aquellos ‘ojos encendidos’.

En una ocasión me preguntó si yo tenía Gargantúa y Pantagruel. Quería leerlo y se lo presté. Una semana después nos vimos en su casa y me entregó el volumen (edición íntegra) dándome las gracias. ¿Lo leíste todo? –pregunté-. ¡Claro, oye! Me incomodó haberle hecho tan trivial pregunta. ¡Leyó esa catedral en siete días! Me tomé la libertad de hacer subrayados casi invisibles en algunas partes a ver si algún día sacamos un rato para conversarlos… -agregó. Le dije que sí y se lo devolví porque iba a hacer cosas callejeras y no quería andar con semejante mamotreto en la mano. Antes de retornárselo lo pesé y repesé pasándolo de mano a mano porque percibía que se había hecho más liviano: sí, Kelly lo había exprimido. Ese fue nuestro último encuentro. Falleció pocos días después. Transcurridas algunas semanas, con mucho pudor y ruborizado como un tomate le pedí a Harold (uno de sus hermanos) que me devolviera el libro. Todavía ahora, cuando a veces abro esa novela para releer partes que me encantan, tropiezo con los ‘subrayados casi invisibles’ que hizo Kelly y me pregunto qué hubiéramos conversado sobre ellos…

Tercer movimiento: tragedia.

Kelly murió en mis brazos… Con estas sentidas y a la vez serenas palabras terminó la Señora Elvira Menaszas de responder a una pregunta que le hiciera casi un mes después del fallecimiento de su hijo. Tras ese luctuoso y fatídico suceso fui a visitar varias veces a la familia León Menaszas y por lo general terminaba conversando a solas con la Señora Elvira. Un día me armé de valor y pasando por encima de todos los obstáculos de mi pena le pregunté qué había pasado aquel día. En realidad, aquella madrugada. Me describió todo con lujo de detalles; detalles que no repetiré aquí. De ellos solo queda en mi memoria la imagen de una madre con su hijo agonizando en los brazos. Todo fue muy rápido; no pude hacer nada diferente a abrazarlo. No hice menos que pensar (y me ocurre ahora) en La pietà. No estoy forzando ni sobredimensionando nada. Es más, sé que la imagen que sólo Kelly vio en su último segundo, es más vivaz, intensa, y dramática que una escultura de frío mármol. Sea quien haya sido su artífice.

Kelly sufría de asma. Cuando dijo ‘asma’, le dio a la palabra la entonación de quien sabía que moriría de esa afección. Decía: pertenezco al grupo de los que mueren jóvenes; yo le respondía con algún desparpajo como los que él usaba conmigo en ocasiones: te veré limpiando po-po y cambiándole pañales a tus nietos. En algún momento se refirió a una novia que tenía y quería mucho. Sin embargo recuerdo el malestar que me causaban sus palabras; era como si contuvieran una verdad que yo me resistía a aceptar. Me contaba que a veces, en las madrugadas le daban ahogos que casi siempre controlaba con facilidad; excepcionalmente con dificultades, pero que por lo general tenían el mismo efecto: dejarlo insomne y agotado. Entonces prendía la luz de la sala o del comedor y se sentaba a la mesa a escribir, o en una mecedora, o poltrona a leer cualquier libro. Cuando presentía que alguien despertaría y se levantaría porque el amanecer se asomaba, se acostaba y dormía como si hubiera estado haciéndolo toda la noche. No le gustaba alarmar a los suyos, especialmente a su madre. Fue en estas condiciones como escribió muchos de sus poemas y algunos de sus relatos.

Dejo de hablar de Kelly para finalizar planteando una idea que espero no desentone en el orden que ha tenido hasta ahora mi discurso. Es esta. Creo que la verdadera muerte, más que la física o corporal es la provocada por el olvido, el silencio y la exclusión. No sé cómo bautizarla. Si alguien tuviera una buena ocurrencia, será una ayuda que agradeceré. El caso es que esa muerte sin nombre; mejor, innombrable (vean, ya la bauticé), que tal vez muchas personas merezcan, deseen (o, ¿por qué no?, deseemos), no debe aplicar para Kelly. Él merece ser recordado. Por muchas e interminables razones. Algunas pocas son: porque nunca, jamás, le hizo daño a nadie; porque vivió con humildad siendo un hombre superior, (¿acaso ellos viven de otra manera?). Pero por encima de todo, por su obra. Obra que pesar de su accidentada brevedad y de las pocas debilidades que pueda tener porque no dispuso de tiempo para revisarla, brilla con luz propia pues es la plasmación honesta y auténtica de una visión de mundo original como pocas. Ya es hora de que su poesía ocupe el lugar que merece en la historia de la literatura colombiana. Espero que el esfuerzo hecho por el equipo de El laberinto del minotauro en ese sentido no tarde en ser reconocido. (Cartagena, marzo de 2017).

*Escritor colombiano. Autor de la trilogía novelística titulada Todos los demonios, integrada por Días así,  Metástasis (ambas con dos ediciones), y Proyecto burbuja (inédita). La mayor parte de su obra, formada por tres libros de cuento, un poemario, varios volúmenes de ensayos, otra novela, y diversos escritos más, se encuentra inédita.

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