Sábado de gloria.
agosto 31, 2017
Me gusta su tapete…
agosto 31, 2017

Tobías

Pasó hediondo a tabaco, aplastando las jojas secas del verano. Los rostros se acentuaron en las ventanas y en las puertas entreabiertas, asomaron sus arrugas los más ancianos: los únicos que podían sentir, lo que sintió y sentiría él en el vacío de sus pasos lentos. Se detuvo en una chaza. Compró un paquete de tabacos y una caja de fósforos. Hubo muchos que lo miraron y no supieron por qué. Lo miraron pasar fumando siempre; tal vez porque otros lo miraban con asombro y recelo, como si vieran un fantasma. Nadie se atrevió a saludarlo. Atisbó hacía un balcón y vio como unos niños jugaban, pero al darse cuenta que él los miraba, entraron todos a la vez, y cerraron la puerta con un fuerte golpe. Siguió caminando. Sintió el frío que sólo podía sentir él a esa hora en medio de la calle, cuando todos sudábamos debajo del sol oblicuo de la tarde. Entró en el bar del viejo Ramón. Tomó una botella de ron para quitarse el frío que lo calcinaba; salió de ahí con un dolor en los ojos y siguió. Pareció comprender la situación (algunos aseguran que lloró) cuando, yo, cuando yo con unas flores en la mano izquierda lo llamé al final de la calle, donde vivió siempre. Lo llamé para que se acercara. Al día siguiente, al sabor del ron blanco lo enterramos en el Municipal, el viejo Ramón me comentó al oído:

Este perro de Tobías hasta para enterrarlo se hizo esperar, el gran mierda.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *